La realidad disipada

¿Dónde está la realidad? ¿Dónde está aquí, en estas acuarelas de Pedro Serna, la realidad?
La pintura de Serna, como ocurre en algunos pocos creadores más, deja en el terreno de lo bizantino, de lo inútil, toda discusión sobre arte realista o arte abstracto.
      No hay tal. Aparte de lo sabido tópicamente, que sólo hay arte bueno o malo (arte verdadero o no verdadero, cabría decir mejor), lo que hay es sólo realidad; y después hay, también, abstracciones que se pierden en el capricho. Es decir: hay realidad y hay abstracción, pero no hay arte realista y arte abstracto.
     Pedro Serna bebe del único lugar del que se puede beber, de la realidad, pero su arte no es «realista», chatamente realista, como suponen algunos apresurados juzgadores; su arte no es realista como no lo es ningún gran arte.
     Porque... ¿dónde está la realidad en estas acuarelas de Italia? Ya no está; la realidad, la chata realidad de los tontos, se ha ido, se ha fugado del cuadro y del paisaje. Pero ello no quiere decir que Serna haya retratado una «impresión» (esa ligereza del siglo pasado), ni tampoco que haya atendido a la llamada por la «independencia» del artista hecha, desde Kandinsky, por el arte moderno, para beber desde una abstracción matemática, pues de ahí beben la técnica, la ciencia o la lógica, pero nunca el arte.
     El lugar del cuerpo que acude en ayuda del creador no es la mente, sino el corazón, conectado con los asuntos del alma, del alma de las cosas.
     Así, lo que hace Pedro Serna, lo que hace el gran creador, es ir podando toda gran realidad innecesaria, todo estorbo, para que el alma comparezca.
     No es casual que ese podar la realidad surja en un viaje. Un viaje, un verdadero viaje, es también un acto de creación. Un viaje es un acto de intensidad, nunca una acumulación de kilómetros, que eso es sólo turismo, sin más.
     Podemos evocar aquí dos lecciones morales de Cavafis, ambas en relación con el viaje. La primera nos recuerda que allí a donde vamos la ciudad, la nuestra, va siempre con nosotros, de manera que allí a donde vayamos sólo encontraremos el reflejo de nosotros mismos. No hay más ciudad que la que nosotros llevemos dentro. La segunda lección es la de Ítaca, la ciudad que siempre nos decepcionará si, como Ulises, no nos demoramos en el camino y llevamos al viaje nuestra propia intensidad. No hay Venecias, ni Ítacas, que no estén ya, de antemano, en el corazón. Cualquier intento de atrapar el alma de una ciudad, o de pintarla, sin esa premisa, será un allanamiento, pero nunca una penetración de su aroma interior y eterno.
     Lo propio del turismo es llegar a la ciudad. Lo propio del viaje es vivir desde el primer kilómetro, sin que importe al fin demasiado la ciudad a la que vamos.
     Y podemos aquí evocar también al pájaro de Algacel, que partió a un largo viaje por todo el mundo para regresar al punto de partida. En realidad no se había movido, seguía en el mismo lugar, pero había realizado un viaje tan intenso que regresaba transformado: había perdido todo el plumaje, todo lo excesivo, toda la realidad innecesaria. Ahora era ya sólo carne. Cualquier otro viaje no tiene importancia. Así, Pedro Serna, que ha hecho el viaje, es él mismo el pintor y 1o pintado: ambos ya libres de plumaje, de espesura cegadora y engañosa.
     ¿Y dónde está aquí la realidad? Héla ahí, en esa plaza sin plumaje de Venecia, o en esa bruma sin cuerpo, sólo con carne. La realidad de Venecia ha desaparecido para que aparezca, luminosa, otra realidad superior, ya sin cáscara, en estas acuarelas que ahora presenciamos.

Murcia. Febrero de 1994

Antonio Parra

 

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