No fenómeno, sino vida

 El mundo del toreo y del flamenco ha atraído a muchos artistas. Cualquiera puede mentalmente repasar una prestigiosa nómina de autores que han abordado ese tema. También Pedro Serna, entre ellos. Sus colores, su vivacidad, en resumen, eso que con ligereza excesiva llamamos estética, y que muchas veces no es más que esteticién y manicura. Pero también nos atrae -a todos, no sólo a los artistas- su singularidad ética, la visión del Mundo que conllevan esos mundos y hasta la forma de mirar especial que nos exigen, pues ante ellos -conmoviéndonos o irritándonos- no nos quedamos indiferentes.
       Y justo aquí, en esa manera de mirar distinta, comienzan las diferencias entre Serna y muchos otros. Hay con frecuencia -incluso en casos tan distinguidos como el de Picasso- una irreprimible mirada de barracón de feria, como si ese espectáculo sólo tuviese sentido, o sólo fuese digno de nuestra atención, por lo que tiene de extra-ordinario, de "fenómeno", de anomalía ética o estética. Decía Ramón Gaya que Velázquez no ponía en sus cuadros a los enanos o a otros extravagantes físicos por esa notoriedad física, sino porque eran vida en sí mismos, formaban parte de la vida con mayúsculas. Otros, en cambio, se sienten atraídos por ciertos "fenómenos", precisamente por lo contrario, porque los encuentran obs-cenos, es decir, fuera de la escena habitual, lejos de (o que es normal, con lo que de paso nos hacen sentir bien en nuestra aparente normalidad.
      Con frecuencia, en el flamenco, o en los toros, sólo vemos esa singularidad estética o ética que, en el fondo, muchos -aún con aparente admiración- miran en realidad con cierta sorna o con aire de superioridad. Y, en el caso de los pintores y artistas en general, eso se nota también en el resultado. Una bailaora, un torero que inicia un lance, con frecuencia son situados en la superficie del lienzo o del papel como ajenos al mundo, como sorprendidos ahí como un fenómeno extraordinario, situado fuera de la vida misma y hasta de su entorno inmediato.
      Otros artistas abordan todo esto sólo desde el punto de vista "artístico", desde la aparente plasticidad del tema, desde la estilización de un determinado baile o desde la 'apostura' pinturera de un torero. Pero Serna no ama a esos toreros -o bailaores y bailarines- que la afición llama "artísticos", llenos de contoneos y maneras más o menos toreras. Los toreros que más han gustado a Serna, como Rafael de Paula, no han llevado ese lucimiento superficial a la plaza. Es verdad que Rafael de Paula, incluso en estos últimos años, cuando las limitaciones físicas apenas le permitían torear, ha sido y es un torero de buena estampa, pero no era eso lo que interesaba a ciertas miradas, como la de Pedro Serna, sino otra expresión de vida que venía de dentro, de otra autenticidad ética que pasa por encima de imposturas estéticas.
     Por ello, los toreros o los bailaores y bailaoras o cantaores y cantaoras de Serna nunca parecen solos -vacíos- sino envueltos en una atmósfera vital determinada, aun cuando hayan sido captados
en solitario en la plaza o en el escenario, sin eso -otra superficialidad artística- que llamamos ambiente. El ambiente es la cáscara, la atmósfera es lo que viene de lo profundo. En Serna hay una atmósfera, no un ambiente. Y hay cuerpos, nunca estampas: lejos está su obra flamenca o taurina de ser una 'estampa española', como con frecuencia lo es en otros, incluido, lo repito, en Picasso, aunque, claro, la potencia de Picasso logre vencer incluso a esa superficialidad españolista de sus tauromaquias, en la que a veces incurría el creador malagueño.
     El Farruco, María la Soleá, Juana la del Pipa, y tantos otros, cantando y bailando, o ambas cosas a la vez, no son nunca en Serna sombras solitarias -aun cuando en ocasiones han sido puestos sobre el papel actuando en solitario- ni estampas españolas -pese a que evoquen una determinada atmósfera española- sino una manera de mostrar la vida en su conjunción de alegría y tragedia. Son, en definitiva, una manera de vida, uno de los cauces por el que la vida se expresa.

Antonio Parra

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