Otra tauromaquia

 El toreo no es la vida, no al menos en el sentido en que es entendido ese 'ser la vida' desde la mirada de la sociología, como cúmulo de representaciones sociales que forman un microcosmos de lo cotidiano y social, y que ha sido llevado a diversos estudios sobre el toreo. Ni siquiera es la vida en el sentido de la antropología, como depuración ritual del héroe que nos redime a todos del peligro contra la tribu, como expiación de nuestros pecados colectivos o como súplica a lo divino.
      Por supuesto que el toreo es todo eso; sería absurdo negar las claves representacionales que se dan en la celebración de una corrida de toros -como en cualquier otro acto social reglado-, la distribución del público en la plaza, los códigos de actuación que, en buena medida, los asistentes al festejo conocen. También es la ceremonia del héroe, desde luego: un torero carga por todos nosotros, como un Cristo moderno, con el pesado fajo del pecado colectivo. Él sólo, en el momento final, en el memento morí, en el recuerdo de la muerte, sale a la llanura infinita que es el albero en ese instante y se enfrenta, espada en mano, al dragón que amenaza a la tribu. Yo mismo he recordado en otro lugar cómo los viejos dioses comparecen en un festejo, la corrida, que en su configuración actual es una institución genuinamente ilustrada, es decir, hija de las luces, de la razón, aunque sus normas fuesen dictadas por un torero mítico y analfabeto, Pepe Hillo. Si bien miramos en una corrida todo está en orden, todo ha sido reglado, y, sin embargo, la vieja irracionalidad, las viejas supersticiones, los viejos dioses, se escapan secretamente entre tanta norma. Así es difícil no pensar en el viejo mito de Sansón al recordar que el torero cuando envejece, es decir, cuando pierde su juvenil fuerza, y se retira, porque ya no puede seguir siendo el héroe colectivo, (o que hace es cortarse la coleta. ¿No perdía Sansón su fuerza cuando le era segado su pelo? Luego, el albero, amarillo, es un sol, cuyos rayos se alargan por los tendidos, dividiendo el sol de la sombra, es decir, los ras­tros de las viejas ceremonias solares están aquí presentes, camuflados, casi inadvertidos, pero dando aliento al festejo. Y, en fin, la ceremonia de la alternativa no es sino la pervivencia de un viejo rito de paso.
     En conclusión: todo eso está en la corrida, y todo ello la convierte, claramente, en la vida, en su representación ceremonial, a veces casi barroca, con sus excesos estéticos, sus brillos y alharacas meramente representacionales. Es más, junto a todo eso, la corrida es también festejo en el sentido más débil, más superficial. Es festejo como mero ocio, como entretenimiento, como espectáculo. De hecho, el espectáculo de los toros vive fundamentalmente de serlo, es decir, de públicos masivos que pagan una entrada para divertirse viendo los estragos que ocasionalmente concurren en la plaza: la cogida del torero, el corte de orejas de éste, el derribo de un caballo, la música, las banderas, los lances más o menos felices, etcétera. Pero que ello sea así no elimina lo otro ancestral que palpita en el festejo. Es decir, los toros son la vida de todas esas maneras aquí enumeradas. Y en última instancia, si la permanencia de un festejo considerado cruel por muchos es justificable, no es por esas razones que suelen dar los taurinos: que el animal no sufre, que hay belleza estética en la fiesta, etcétera. No, la razón principal que justifica su permanencia, se­gún creo, es otra: que en ese espacio de irracionalidad salvada del pasado que comparece en la corrida queda simbolizada, ritualizada, la irracionalidad fundamental que sigue palpitando en el hombre. Como ur espejo, la corrida nos muestra lo que somos, lo que seguimos siendo, de donde venimos. El sueño de la razón debe seguir alentando el hacer de los hombres, pero la realidad es que seguimos siendo viejos cazadores que, no sin violencia, nos abrimos paso entre las otras especies o nos salvamos frente a los de nuestra propia especie.
     Sin embargo, retomando mis palabras iniciales, recordaré de nuevo que el toreo no es la vida. Es la vida en todos esos sentidos hasta aquí evocados, al menos la vida hecha símbolo, o ceremonia, pero ello no basta para explicar el misterio del toreo. Hay más: el toreo es algo más y algo menos que la vida. El toreo no es exactamente la vida, sino su cuidado, su mimo, su acunamiento carnal, lleno de energía. Es el deseo de la vida, la reivindicación de su fuerza, para lo bueno y para lo malo. En este sentido, la corrida se torna un suceso fundamentalmente trágico, dionisíaco, corporal (aunque, como quería Belmonte, el torero haya de olvidar que tiene cuerpo) en el sentido de Nietzsche. No es la vida, sino su celebración, su deseo. Y es entonces cuando las lecturas meramente sociológicas o antropológicas, aun describiendo adecuadamente su rito, no ahondan suficientemente en el secreto del toreo. Es necesaria ahora la lectu­ra poética: el poeta es aquel que desea, el deseonte, alguien que no quiere describir la flor, ni analizarla, sino olerla, comerla, estar en su centro, asentarse en ella, ser una vida llena de dones, la muerte incluida, como parte inevitable de toda vida nacida del tiempo y vivida en el tiempo. El conocimiento, como saben los niños y los poetas, empieza por la boca, y no por el cerebro. El torero, el toreo, es también lo dese­ante poético: un claro del bosque en el que la vida, en toda su intensidad, comparece sin tapujos, sin más­caras, sin engaños de la razón instrumental. Desnuda, pero gozante, trágica al fin, pues el espíritu trágico no es otra cosa que ese descubrimiento de que estamos solos, de que no hay dioses ni destinos verticales que decidan nuestras vidas; el descubrimiento de que tampoco ningún conocimiento, aunque también estemos abocados a él, nos salva. Trágico quiere decir desenmascaramiento, vivir sin máscara, sin enga­ños, es decir, vivir, danzar, oler, torear, morir...
     El arte tampoco es la vida, sino su arropamiento, un espacio salvado para la vida, en el que ésta pueda sobrevivir. Resulta paradójico que la vida tenga que sobrevivir en otro lugar que no sea la vida real misma, pero así es, si la vida se bastara a sí misma no serían necesarios otros rituales, ni tampoco el arte, ni la poesía, ni el toreo, porque el toreo es arte en este sentido, no por esa simplonería de la estética colorista, o por las posturas flamenquistas, que los pintores han querido reflejar en sus obras. El arte comienza allí donde callan los artistas; el toreo sobrevive allí donde no están los toreros 'artistas', pues el rito, lo sagrado, es decir, la vida cornole, la vida que entra por la boca (que eso, y no lo religioso, es lo sagrado), se aleja de lo teatral, del espectáculo. Y así, a veces, también la vida nace donde muere la vida social, la razón instrumental hecha de tiempo lineal, de un continuum hacia un futuro que nunca llega, que avanza a ningún lado, que nunca nos da vida plena. Y es entonces, ante esa carencia, cuando viene el arte, o el toreo, a redimir un poco de vida en otro lugar que es el cuadro, o el poema, o la plaza.
     Tenemos ahora, a la vista de esta tauromaquia pictórica de Pedro Serna, una doble acción de salvaguarda de la vida. El toreo, por ese valor redentor que aquí le hemos dado, crea un espacio como memoria deseante de la vida, de su plenitud, de su emoción animal y carnal; y el arte, en este caso el de Serna, a su vez, guarda memoria de ese instante de plenitud que ha encontrado en algunos momentos fugaces, raros, escasos, del toreo; salva, en suma, ese rastro de vida que ha encontrado, en ocasiones, en la plaza. Porque Serna es un pintor que no lo es, es decir, que no juega a ese juego de niños que consiste en combinar colores, en demorarse en experimentos de texturas, como un ludópata de los lá­pices de colores, ni en 'travesuras' artísticas, sino que quiere rescatar un retazo de vida, pisar en la tie­rra (como el baile flamenco) evocando, preservando en la memoria, la belleza humana. Como pintor abstracto que es (no hay mayor abstracción que la de su obra), su obra tampoco es la vida, sino su redención, su amor misericordioso, compasivo, hacia la vida. Ahora bien, esa abstracción, es decir, ese pintar otra cosa que el mero reflejo tontorrón y 'objetivo' de la realidad, exige que no se trate de una abstracción caprichosa del artista (¿cómo puede ser moderno un arte que se olvida de lo esencial: la vida del hombre en su integridad?), sino de una mirada al mundo que entra, primera y primariamente, por la boca, por los sentidos.
Vemos que la pintura sobre toros cae con frecuencia en la teatralización, en su figuración vacía, como si un gesto del torero pudiera ser separado de esa totalidad que el torero, el verdadero torero, consciente o no de ello, eso es lo de menos, lleva a la plaza. A veces, cuando vemos sólo, en primer plano, la figura pintada de un torero, sentimos que ha sido solamente reflejada desde ese lugar vacío de la estética más ramplona. No ocurre así con las figuras de Serna. En esta tauromaquia encontrará el espectador, con frecuencia, panorámicas de la plaza, escenas con varios toreros, con picadores, con peones, el público a veces..., pero también figuras solitarias de toreros, separadas del resto del ambiente. Sin embargo, incluso cuando así ocurre, en Serna no se da esa sensación de monigote de falla que nos producen los toreros de otros pintores. En Serna se ve que el torero no está solo, que mira hacia un lugar, que está rodeado de . - da, aunque no aparezca en el plano rescatado por el pintor.
     Esta tauromaquia pictórica es también un continuo homenaje a un torero concreto, Rafael de Paula. Sin embargo, es y no es el torero de Jerez. Serna da una pista, un gesto, a veces un ligero parecido -a veces un indudable parecido- que hace inconfundible a Paula detrás de esa pintura, sus maneras únicas, inimitables, sus gestos. Pero, como ocurre con el propio toreo de Paula, lo importante no es una determinada técnica, un determinado gesto, sino el mundo y la abundancia de vida que ese torero lleva a la plaza. Así, de la misma manera que el toreo de Paula, en esos momentos privilegiados, irrepe­tibles, que ha dejado a lo largo de su carrera, es el toreo sin más, el toreo eterno, la vida siempre flu­yente, lo que Serna refleja no es un pase de Paula, sino el toreo. Se fija en Paula porque éste lo ha hecho feliz -nos ha hecho felices- en tardes inolvidables, porque ha sido Paula, y no otros, quien ha llevado a la plaza esa memoria del toreo que buscábamos, pero a veces el rostro de Paula se difumina -hay, no obstante, un extraordinario retrato de Paula en la exposición- y deja de ser él para ser todos los toreros verdaderos que han existido: el torero deseante, poético, el hacedor de arte que refleja la alegría de estar vivos.

Murcia, octubre de 2000

Antonio Parra

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