Para unas acuarelas de Pedro Serna

Los paisajes no pasan al papel:
es otra cosa
esa rama pintada -y su temblor
mueve la sombra inerte de esa rama
que vive proyectada en la memoria.

El agua en el papel se mueve inmóvil,
fluyendo hacia la nada en su color,
y refleja la sombra de la rama 
que es la sombra a su vez de esa otra rama
que tiene un arquetipo en la memoria.

El caleidoscopio verde del jardín
se descompone
en un verdor cubista 
que sugiere y resume el total de la hojarasca 
-y un efecto de luz
que cifra todo el sol, en la memoria.

Las ciudades pintadas 
son sólo un espejismo reflejado
allá en el horizonte del papel: 
las pinceladas reducen la ciudad, su laberinto,
a una ligera luz insinuante
más honda y permanente que esa luz
que se graba, fugaz, en la memoria.

Los paisajes no pasan al papel.

Pero qué milagroso y leve,
qué exacto y minucioso mundo
refleja en el papel su transparencia.
 

3 de octubre de 1996

Felipe Benítez Reyes

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