Un limpio mirar

     No sólo es un arte fugaz, también veloz: todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos. Todo es un visto y no visto. En el toreo, un segundo es una eternidad y una eternidad puede durar lo mismo que un relámpago. La perfección y el caos dependen allí de un instante, al igual que la vida y la muerte. Un gran reloj preside la plaza, con su exacto tictac de incertidumbre.
     El pintor Pedro Serna llega al tendido, toma asiento, saca sus útiles de dibujo y se pone a contemplar ese vértigo barroco, esa teatralización acelerada, ese remolino de oro y sangre.
    El pintor Pedro Serna atrapa en la mirada un segundo volandero, un mágico instante velocísimo, un alado fragmento de realidad, lo apresa, lo aísla del espacio y del tiempo, lo fija en el papel con tinta negra: el esquema de un esplendor, el testimonio de lo irrepetible, la brizna de una visión caleidoscópica.
     Decía el torero sevillano Pepe Luis Vázquez: "Torear es difícil, porque viene a ser como levantar un edificio sobre arenas movedizas".
     Pedro Serna, pintor en la plaza, es un cronista urgente de esos edificios oscilantes, erguidos en un segundo y en un segundo derruidos, desplomados ante nuestros ojos, pero alzados de nuevo, de manera indeleble, en nuestra memoria, donde perviven como gloriosas fantasmagorías que tienden a magnificarse, a convertirse en milagros únicos, en portentosas figuraciones de lo increíble, porque la memoria de todo aficionado no sólo es proclive a la hipérbole, sino también al perfeccionamiento de lo que pudo no ser del todo perfecto. El pintor Pedro Serna llega a la plaza y se convierte en espía de una realidad anómala en la que todo es magnífico y raro y atroz: un mundo circular en el que se juega lujosamente a matar o a morir. Un mundo den­tro del mundo en el que el hombre y el animal forman un solo ser: una bestia fabulosa surgida de la entraña del terror, en lucha consigo misma.
     El pintor Pedro Serna, el luminoso pintor, nos regala en esta muestra de tema taurino una visión serena de la fiesta, su trama etérea y frágil, la intimidad, se diría, de esa violenta exhibición. No hay truculencia aquí, no hay énfasis, no hay tentaciones alegóricas, no hay jamás tremendismo, no hay costumbrismo ni alarde. Es una visión pura, un limpio mirar.
     Pedro Serna llega a la plaza y mira y, porque es limpio su mirar, ese mundo terrible es también puro. Y apresa limpiamente esos segundos que parecen eternidades, esas eternidades que apenas duran nada, porque todo allí es vértigo, una urgencia de seres aterrados, un dorado espejismo, un edificio levantado, en fin, sobre arenas movedizas.

Felipe Benítez Reyes

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