La Tradición del talento (La pintura de Pedro Serna)

    Un día, durante mi estancia en Murcia hace ya años, propicié una amistosa invitación de Pedro Serna para ir a su casa, pues yo deseaba ver algo más de su obra. No se me olvida la gloria en gris y rosa de un anochecer en la Giudecca ni tampoco la plaza arbolada de un pueblecito francés, tan fresca en sus colores como las voces de los colegiales al salir de la escuela una tarde de abril. Había paisajes de la huerta y en ellos, como al acaso, ropa tendida a secar, ondeando sus tonos azules como banderas al viento del gozo del presente. Yo me marché de allí dichoso, con la sensación de haber visto algo enormemente vivaz y, a la vez, tenue y raro. Porque es raro, en el sentido de precioso y poco común, aquello que lleva la impronta del espíritu. Y esa delicadez lírica de la pintura de Serna viene de su actitud más que de su técnica: papel, agua, pigmentos. Estamos ante la indeleble levedad auroral del mito que nos presenta, como por vez primera, paisajes ante los que no habíamos tenido acceso nunca y a los que volveremos siempre. Porque, en buena parte, proceden directamente de la visión primigenia y anterior del pintor, quien ha enriquecido así nuestra percepción de la realidad.
   Hay un amanecer de Serna, lo tengo delante mientras redacto estas líneas, que puede haber sido entresoñado o visto en un momento de vislumbre único en nuestra vida. Tres o cuatro colores, pocos y firmes trazos y recordamos parte de un hexámetro que se repite insistentemente en la poesía homérica: "Eos, la de los dedos rosados, hija de la mañana". Nada me da en la literatura un tan exacto correlato de lo que mis ojos están viendo. Porque se trata de esa hora mágica en la que la diosa Eos, la Aurora, va rompiendo las tinieblas, y aún, aunque triunfante, lucha con las sombras y van poco a poco las formas adquiriendo su categoría y firmeza. Es el momento in­mediatamente después del caos. Luego recuerdo la rotunda luz -la luz con el tiempo dentro-, que diría Juan Ramón Jiménez, de El Puerto de Santa María. Ahí es nada. Pedro, con algo de papel y agua y esos colores de su cocina, además de con su inmenso talento, ha captado la blancura caleidoscópica y tornasolada de las salinas de El Puerto en su instante de más sencillo y complejo esplendor. ¿Cabe mayor locura que intentar apresar el brillo y el espejo de la azulejería barroca que corona las torres de la catedral de Murcia? La pensativa belleza de Isabel, esposa y modelo de Serna, nos la encontramos una y otra vez pintada o dibujada con tanto amor como sabiduría... Nos sorprende siempre este esbozo, ese valor y resolución para dejar temblando, donde debía estar y uno menos se lo espera, un negro, un verde, un violeta..., quién sabe qué: el secreto de un movimiento acompasado, de una quietud serena, de un atardecer, de un cambio de luces. Al igual que nos asombra, en suma, ese algo siempre tan natural y a la vez tan misterioso y huidizo en que consiste el estar vivos. Porque en cada cuadro de Pedro Serna, y es lo que trataba de explicar desde un principio, alumbra un milagro. El milagro de la creación.
   Así es que aquí no vale referirse, en el sentido usual y manoseada de los términos, a la tradición ni a las vanguardias, a la pintura neofigurativa ni a cualquier otro "invento". Para citar un título del maestro Ramón Gaya, aquí no estamos hablando con la artificiosidad de la crítica, sino de la naturalidad del arte. Porque la pintura es sólo una. Y en ella existe sólo una tradición válida. Esa tradición es la tradición del talento y a ella pertenece por voluntad y por destino la pintura de Pedro Serna.

Fernando Ortiz

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