El viaje a Italia de Pedro Serna

      La presente exposición de Pedro Serna sobre «el viaje a Italia» tuve el privilegio de contemplarla con anterioridad en su casa de Murcia y en pase privado, en una de esas sesiones que Pedro dedica con asiduidad a sus amigos, y en las que, mientras dura la exhibición junto al ventanal del salón, son fijos su constante ir y venir de un misterioso almacén con montones de acuarelas entre las manos, el invariable par de púas sujetas entre sus labios que dificultosamente dejan escapar un rítmico siseo como música de fondo, así como el improvisado marco de madera que, una tras otra, va dando idéntica y momentánea prestancia social a todas sus obras. Tampoco faltan nunca sus machaconas explicaciones sobre el dónde y el cómo surgieron las pinturas; comentarios que Pedro reiteradamente utiliza, acaso para llenar el agobiante vacío de nuestro silencio y porque no pueda soportar ese dramático momento de duda que para todo verdadero artista supone el mostrar su obra por primera vez.
     Pues bien, en una de esas sesiones y sin previo aviso de lo que nos tenía preparado, Pedro Serna nos fue mostrando, quizá algo arrebatadamente para mi gusto, dado lo novedoso del tema, algunas de las obras que ahora, más relajados, podemos contemplar en esta exposición. Ni que decir tiene que sus comentarios se centraron al instante en comunicarnos lugar, fecha, hora y circunstancias en que habían sido pintadas. Se trataba de una serie de acuarelas realizadas durante su último viaje a Italia y Pedro, mientras las mirábamos una a una, se afanaba en distraernos contando que cuando pintó tal acuarela en Padova, desde la ventana del hotel, mirando a la izquierda se veía el «Gattamelata» de Donatello; que mientras pintaba la de Roma, enfrente tenía a unos novios haciéndose la típica foto en la isla Tiberina; o simulando lo incómodo de la postura que adoptó sobre el alféizar de la ventana cuando pintó la Riva degli Schiavoni en Venecia. Estaba claro que, como espectador y distanciado del momento de su realización, la timidez del hombre Pedro Serna no soportaba el descaro y la rotundidad de las obras del pintor Pedro Serna.
     Padova, Florencia, Roma o Venecia son algunos de los lugares geográficos por donde el matrimonio Serna se movía, y en donde Pedro sintió que, pintando, materializaba su viaje, lo hacía eterna y constante realidad. Para un creador los paisajes, las ciudades, los paises, los viajes..., no lo son porque se realicen, porque por ellos se circule, o, simplemente, porque se encuentren en otros lugares distintos a los habituales, sino que adquieren auténtica identidad y realidad sólo a través de la propia mirada; nada son mientras nadie los mire y haga suyos. Las acuarelas de Pedro Serna realizadas en Italia no son meros cuadros con tema italiano, sino que son trozos de Italia misma. Son Italia, y si está allí lo italiano en cuerpo y alma es, ante todo, porque lo pintado no se limita a unas formas arquitectónicas reconocibles de tal o cual ciudad, a la exclusiva luz de unos árboles sobre el Tíber, o a la majestuosa y palpitante cúpula de Il Redentore, sino que lo pintado ha sido su propia impresión de Italia, su emoción íntima, su sensación a1 oler a mar, la humedad y misterio que Venecia proyectó sobre su carne. En definitiva, con estas obras pintadas en Italia, Pedro Serna continúa enriqueciendo su propio y único autorretrato.

Juan Ballester

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