La finura

     Al igual que en otros días de su estancia reciente en Roma, Pedro Serna aparca el coche al llegar a la Via Appia Antica. Se baja de él y carga con sus trebejos de pintor, como han hecho tantos pintores, como aparece Cézanne (cuyos contrastes verdes y marrones, de pinares y suaves colinas, nos vienen a la memoria al mirar algunos delicados cuadros de esta exposición) en una foto, barbudo, caminando con el caballete colga­do de la espalda, como si fuera un vitrier, uno de esos cristaleros franceses, artesanos ambulantes, que arreglan ventanas. También Pedro carga con sus cosas: en la mano derecha una bolsa con la paleta, la caja de colores, la botella de agua, los trapos, el caballete, y, en la izquierda, el tablero y la carpeta llena de papeles. Pedro podría, como otras veces, haber pintado allí mismo su acuarela, en la cercanía de una estela romana, junto a las ruinas, bajo los pinos; pero le ha parecido, como le sucede a menudo, que debía internarse más en ese paisaje, a pesar de llevar toda esa carga.
     Él mismo nos hablaba de esas caminatas al enseñarnos una de sus acuarelas a tres o cuatro amigos que habíamos ido a su casa. Para encuadrar algunas que no había enmarcado todavía, recurría a un habitual y asombroso procedimiento suyo. Puesto de pie, entreabría un cuadro vacío apoyado en una silla, separando el cristal y su cartón de fondo. Enseguida, introducía el papel pintado por la pe­queña abertura, usando las puntas de los dedos, lo soltaba, y con un gesto preciso, cerraba el cuadro a la velocidad de la luz, como un prestidigitador, con el tiempo justo y medido para que la acuarela quedara apresada en el centro mismo de la suerte. Y todo esto, y ahí viene el milagro, sin pillarse jamás los dedos en esa maniobra vertiginosa, vista y no vista.
Pero el verdadero, verdadero milagro, como siempre, es el paisaje que aparecía entonces ante nosotros, simple, deslumbrante, vivo. Esa tarde, al ver una de las acuarelas, uno de los amigos dijo:
     -Qué maravilla. Y esto es también la Via Appia, ¿no?
     Pedro nunca corrige del todo a un amigo, o lo hace muy suavemente, aunque se haya equivocado no ya de lugar, sino de país, o de planeta. Es un rasgo típico de su carácter noble y tranquilo. Una vez yo le dije de una acuarela, para lucirme y demostrar cuánto había viajado: "Qué cielo, y qué luces. Las luces de Nápoles sobre el mar... Porque esto es Nápoles ¿no? ".Y él me contestó, tras hacer una leve pau­sa: "Sí... No. Bueno, esto es por la parte de Amalfi... Pero, en fin, está cerca ".Yo asentí enseguida, intentando arreglar mi despiste: "Sí, sí, eso es, Amalfi, exactamente. El caso es que iba a decirlo...".Y Pedro vuelve en mi ayuda: "Pero no, si casi lo has dicho, porque están al lado una de otra".
     Serna habla siempre con esa discreción que tiene la verdadera amistad, con un tono sereno y conciliador. De manera que esta vez también contestó con suavidad al otro amigo:
     -Sí, bueno, es la Via Appia... Pero no es en la misma Via Appia... Pedro Serna se pasó los dedos por la frente, como pensativo:
    -En realidad, está algo lejos de la Via, hay que andar un buen rato, casi media hora, para llegar ahí, porque no hay acceso. Pero vamos, está en esa zona...
     Y, para terminar de suavizar el error, añadió, cambiando el tercio:
     -¡Había que verme, andando cinco kilómetros y llevando todos los trastos, con el sol que hacía! Y él, que nunca se ríe de los demás, se rió un poco de sí mismo, al recordarse en ese trance.
     Este es el hombre.Y ese trato lleno de conocimiento, de aprecio profundo, con que acoge a sus amigos en tantos aspectos de la vida, es también, en otro orden de cosas -con una armonía que no se da siempre en los artistas-, el aire esencial de sus hermosísimos cuadros. Esa delicadeza de hombre cabal es la misma que acoge estos paisajes de Roma y sus alrededores como si fueran "cosa suya", gente que ha quedado a su cuidado. Esos paisajes... Los miramos ahora, despacio: el amanecer de la ciudad en San Pietro in Montorio como se ve desde la terraza de la Academia; los reflejos vivos del agua verde y dorada junto a la Isola Tiberina o en el Canopo de la Villa Adriana, al medio­día; la última hora de la tarde sobre el Palatino, visto desde el Circo Massimo, con un cielo de nubes oscuras entre las que anida un resto prodigioso de luz. Los Foros, en diferentes momentos del día; la Villa Medici con su palmera bajo la gloria del sol; los pinos de Ostia y las casas romanas junto al Ponte Sisto...
     A muchos de estos rincones ha ido Pedro como decíamos que iba por la Via Appia Antica. Después de llegar a un sitio que parecía ya bueno para el cuadro, todavía ha caminado un poco más -ha entrado "más adentro en la espesura", como decía nuestro poeta místico-, car­gado con sus aparejos de pintor. Es por esa dedicación que quiere ofrecer a la realidad, como una forma de cortesía superior, última y defi­nitiva: un esfuerzo más, porque la realidad lo merece.
     Luego, en sus acuarelas queda esa infinita suavidad con la que trata la vida de sus paisajes y en la que nace su creación: una delicadeza, una finura que resulta ser el rasgo más firme del mundo.

Murcia, octubre de 2000

Pedro García Montalvo

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