Sentimiento y sustancia de la pintura

Pedro Serna (I)

   Hace algunos años me prometí a mí mismo no escribir nunca nada sobre pintores... vivientes, y he venido cumpliéndolo bastante bien; hoy, sin embargo, me gusta romper esa promesa porque me encuentro delante de unos pequeños trozos de pintura -pintados a la aguada­ que me parecen, sin más, muy excepcionales; lo primero que diría de estos trozos de pintura es que están vivos, sencillamente vivos (en una obra de creación verdadera, el hecho de estar viva no viene a ser, exactamente, un valor, uno de los muchos valores que la componen, que la forman, sino una categoría, su categoría máxima, supre­ma, y, claro, su condición indispensable, porque sin el misterioso y diminuto soplo de lo vital no hay obra alguna de creación, sino mero artefacto); estas pequeñas pinturas han sido dichas como en voz baja y, al mismo tiempo, con fuerza, con un vigor, diríase, tiernísimo, primaveral; la dicción es de trazo muy fuerte, muy enérgico, aunque amansado, quizás, por una decidida hermosura, ya que la pincelada de esa dicción, de ese trazo, aparte de expresiva, es de una gran belleza, ¡como en los buenos tiempos!, no de una belleza estética, esteticista, sino natural.
   Se trata de un pintor murciano, muy pintor, y también muy murciano, pero sin sombra de regionalismo -todo ismo, como se sabe, encierra falsedad, tendenciosidad, demagogia-; sin sombra de provincianismo y sin caer tampoco en esa universalidad pueblerina, buena para papanatas, que se estila hoy. Yo diría que Pedro Serna es un pintor murciano, casi chino, fino, «delgadico», de una «exquisita sensibilidad» como rezan las críticas al uso (equivocando entonces lo que puede haber en esa expresión de verdadero, ya que la palabra «exquisito» hace pensar enseguida en algo artificioso que él no tiene en absoluto); su indudable finura no es estilizada ni decadente, sino limpia y sana, un poco a la buena de Dios. Mira muy bien, muy lúcida y atentamente, la realidad, pero sin enredarse ni tropezarse en ella, incluso un tanto despe­gado, a la distancia justa, con la holgura justa para la comprensión, porque una de las facultades de su armónica naturaleza de pintor es ésa: que comprende lo que ve cuan­do mira -algo que no supo ni pudo lograr el ojo, tan fa­moso y aplaudido, de Monet-; y aparte de ir compren­diendo lo que mira, ha comprendido, de una vez por todas, que la realidad no ha de ser atrapada, encarcelada, ni ha de ser, claro, alterada, ni siquiera... interpretada, porque el creador no es un intérprete de la realidad, sino un hacedor de realidad, o sea, el creador es uno que aporta realidad, más realidad, a la realidad ya existente; no el petulante artista, sino el modesto y pasivo creador verdadero, sabe muy bien que la realidad no puede ser enjaulada -como han hecho siempre los realismos-, ni arlequinizada, ni traicionada, ni burlada frívolamente -como han hecho los estúpidos vanguardismos culteranos de nuestros días-, el creador sabe que la realidad sólo puede ser... acogida, comprendida, y... dejada estar, dejada ir, suelta, libre, libremente real, a su sitio propio.
   En la naturaleza, en el paisaje real de la naturaleza parece como si, de pronto, se formaran unos pequeños nudos, es decir, unos pequeños enigmas; a veces es tan sólo un acento especialísimo de la luz, o una... onusicalidnd de la distancia, o del aire. Pedro Serna es muy sensible a todos esos misterios a pleno sol; en su pintura parece haber querido, con inspirada modestia, ir desatando los nudos que encontrara en la realidad del paisaje.
El público -cada vez nos tropezamos con más público- supone que las acuarelas son todas ellas una sola cosa, más o menos bonita, más o menos sabia, pero siempre cosa menor, buena, cuando mucho, para adornar pasillos o para colgar entre dos balcones (por eso y para eso se ha formado esa industriosa artesanía de acuarelistas pintoresquistas), pero el público ignora que la acuarela -con su acuarelismo correspondiente- en realidad de verdad, no existe, como no existe, en definitiva, el «fresco», ni el «pastel», ni el «óleo». Las buenas acuarelas no son, propiamente, acuarelas. Ni siquiera los más ortodoxos y prestigiosos acuarelistas ingleses -Girtin, Cotman- han pintado las mejores acuarelas, sino aquellos que no eran acuarelistas, es decir, Constable, Turner y, claro, algunos viejos chinos y japoneses, Rembrandt, Van Gogh, Cézanne (Cézanne, por cierto, terminó por hacer, con la supuesta fragilidad característica de la acuarela, su obra más consistente, más firme, más... realizada).
Las acuarelas de Pedro Serna tampoco son acuarelas de acuarelista, sino de pintor, de un magnífico pintor.

1981

Pedro Serna y (II)

   No hace mucho tiempo pude oírle a un alguien (alguien, desde luego, de cierto prestigio... intelectual) que la obra de tal otro (se trataba de un poeta amigo suyo y mío), aunque valiosa, carecía de interés, ya que había sido realizada dentro, sin más ni más, de la sabida y consabida «tradición», o sea, sin novedades, sin originalidades, sin sustos, sin sorpresas. Este criticador intrépido (buen hijo de su siglo) ignoraba, pues, que todo aquello que no es tradición no es ya que sea «plagio», como se ha dicho -aunque también-, sino que todo aquello que no es tradición, en realidad no es nada, no viene a ser nada, no existe verdaderamente.
   Tradición no es, como suele pensarse, un viejo modo de ser, y que... perdura, sino el nervio central del ser mismo; no, no es una simple manera, una simple costumbre... inanimada, una simple rutina... vacía, un algo, en fin, envejecido, enrarecido, ya caduco, inservible. Tradición, por el contrario, es una sustancia viva, siempre viva, rica, originaria y.. eterna, sucesivamente eterna; tradición es savia materna, médula materna que lleva y conlleva el propio ser, la propia condición de ser. Tradición no es, en absoluto, pasado, sino... antigüedad original, vital, presente y perenne.
Pero nosotros -actuales- hemos caído un mal día en la tentación (sin duda alguna demoníaca, ya que este tropiezo viene a ser un estúpido combinado de soberbia, vanidad, caprichosidad y ociosidad... revoltosa), hemos caído, digo, en la tentación de cortar, demasiado alegremente, el delgadísimo hilo de la vida, de la continuidad de la vida. No se sabe muy exactamente cuándo ni dónde se produce este extraño fenómeno artificial de romper, de pronto con la tradición convirtiendo así estos ochenta y tantos años últimos en un vertedero, en un basurero de novedades. En los poemas y en las pinturas de hoy ya no espera­mos nunca encontrar... valores -los antiguos y fijos valores de la vida-, sino tan sólo nuevas ocurrencias, nuevas y frívolas aportaciones de ocurrencias; estando así las cosas, cuando alguien, como es el caso de nuestro sutilísimo pintor murciano -por sensibilidad, por naturalidad, por pureza, por fineza y firmeza de sentimiento, por vigoro­so y riguroso instinto- se niega a comulgar con ruedas de molino (o con paraguas y máquinas de coser) y nos entrega, con arrogante sencillez, estos hermosísimos trozos de pintura legítima, lo cierto es que nos desconcertamos un tanto, como cuando alguien dice... una verdad. Pedro Serna se ha negado a romper con la tradición -como en cambio mandaban los tiempos-, pero ha sentido y visto muy bien que tampoco se trataba de estar, como monigotes, aposentados en ella, caídos de bruces en ella; la tradición no es un lugar de estar, sino de irse, pe­ro de irnos sin desentendernos nunca, sin olvidarnos nunca de su viejo y lejano manantial. Ni siquiera se trata de... reanimar, de revitalizar, de revivir la tradición, como podría suponerse, sino de revivirnos nosotros -actuales­ en ella, en su fondo, en un pozo. No, nada de volver al pasado -¡qué tontería!-, sino... «volvemos hacia él, pues eso sólo es ya un adelanto», parece ser que ha dicho un músico, un gran músico.
   Los verdaderos innovadores -quiero decir Giotto, Masaccio, Van Eyck, Michelangelo, Tiziano, Velázquez, Cézanne, Van Gogh, Picasso...- no es que amanezcan, diríamos, un lunes y de buenas a primeras se lancen a inventar... cosas, novedades, modernidades, sino que vuelven los ojos y las orejas hacia ese fondo... animal, maternal, y encuentran allí, en lo más lejano, casi escondido, desapercibido, lo que nos faltaba. Los simples novedosos, ya es sabido, apedrean a los originales, es decir, a los que vienen de un origen real.
   Resulta curioso que estas pinturas de alguien que no ha roto, en absoluto, con la tradición sean tan poco tradicionales; porque la verdad es que Pedro Serna -que no es, claro, un novedoso- resulta, hoy, un pintor sumamente nuevo, fresco, reciente. El tema casi no existe -una pared por donde resbala un sol más bien tenue, tierno, manso, pero muy sustancioso, acuoso; un cielo un tanto esquivo, que deseara marcharse, desaparecer; las sombras de unas ramas que no vemos; la sombra de un ciprés que no está en el recuadro de papel Whatman que se nos ofrece; una casa sin fisonomía y.. sin techo; el trozo de una alberca-; la pincelada, que, a diferencia del tema, aquí sí existe -y, por cierto, de una gran belleza natural, no buscada, como podrían parecernos algunas de la pintura japonesa-; el color es aquí, más que el color de las cosas, el color del aire, como una afinación, como una tonalidad musical del aire.
   Si yo tuviera que darle un buen consejo a tal o cual persona que visite, un tanto despistada, la exposición de Pedro Serna, le diría que no se asustara, que no se desconcertara; le diría que la pintura, aunque muy raramente, puede ser así de entera y verdadera, así de... limpia.

1987

Ramón Gaya

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